domingo, 7 de noviembre de 2010

No ves que va la luna rodando por Callao

Pocas cosas recuerda uno tan nítidamente como los extremos: el dolor profundo, la felicidad intensa, las dificultades, el esplendor. Así es un poco el recuerdo: latente, quizás imprevisible, a veces forzado a salir a la luz a granel.

La Avenida Callao forma parte de mis cosas favoritas: su perfume, sus vientos, las esquinas, la no previsión al caminar, los movimientos de las veredas, un poco lo desenfrenada y ruidosa. Otro poco lo ambigua y carente.

Y recuerdo los extremos: la felicidad antes de mi viaje, el desconsuelo del tiempo, las palomas y el miedo, el éxtasis de la facultad, lo exultante del amor, la tristeza de las saudades, el regocijo de ciertos éxitos personales. Lo que completa a una ciudad, al final, el material personal (o ajeno, literario) que cada cual le impone.

Así la quiero. Así como se percibe que los gustos tal vez cambien y las avenidas otras empiecen a cobrar cierto sentido, a ser cierto material en competencia con Callao. Pero aún así, yo creo que aún así la voy a retener. La voy a querer siempre.

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